Desde aquella noche el débil sonido que emite el interruptor de la luz al ser encendido o apagado me provoca estremencerme. Es que me recuerda a ti, a ti y a mí en aquella ocasión en que la música se hizo corporea y las ausencias que tanto me dolían nos saludaron por la ventana. Las luces se apagan, se encienden, se apagan, se encienden. Nunca pude comprender por qué las puertas se abren cuando uno se encuentra solo con el viento artificial de los recuerdos. Se encienden. Entonces el cuarto se inunda con la luz de cierta presencia suave y cristalina como algún metal que todavía no ha sido inventado. Se apagan. Todo esto me recuerda a ti sólo por la inviolable constumbre de recordarte. Se encienden, se apagan. Las ausencias siguen saludando desde la ventana; creo que se han vuelto un poco molestas desde que te quiero. Se encienden. Se funden.
Categorised in Don de fluir
Llegaste desde lejos, con tus auroras y las esperanzas que robaste al cielo. Desde entonces se esconden en el más allá los satélites y estrellas, evitando la acosadora mirada con que te gusta penetrar lo divino. Llegaste, has llegado, para llevarte contigo mis torpes palabras, mis simples visiones.
Buenas muertes, le dices al peatón que va sonriente cruzando la avenida para comprarse un taco. Buenas muertes, deseas al apuesto joven que, aferrado a la mano frágil de su silenciosa compañera, encuentra formas en las nubes de tormenta. Buenas muertes y te vas corriendo hacia lo oscuro, feliz en tu perdida inocencia. Muertes, muertes. Llegaste lleno de muertes y, para mi fortuna, de buenas muertes. Te agradezco el robo y la noticia, pero deberías considerar tus despedidas.
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En lo amarillo te escondes. Hay manchas y en las manchas estás tú. Con luz o sombras estás, esperando escuchar no sé qué palabras del viento. A veces te olvidas e incluso te veo, con los ojos de nuez y el cabello de rábanos. (Ya no sé qué es lo que digo, pero te pienso). Quisiera desamarte una y ochocientas cuarenta y dos veces, sólo por el placer masoquista de volver a amarte y perderme de soledad en los colores que disimulas. ¿Quién morirá conmigo al conocerte alucinación y ensueño? Porque, aunque no parezca, suelo sospechar de tu presencia, aún cuando tus ojos me miran o tu boca me toca; hay algo en tu suelo que te hace irreal, ilegible.
En estos momentos y en los que quedan, no puedo dejar de verme demente e irreflexiva. Si en lo amarillo te escondes, tal vez me decida un buen día de estos a pintar de carmín todo lo amarillo presente ante mis ojos. Así quizás dejes de estar en las manchas, en la luz y entre las sombras. Quizás te mueras o me olvides, que viene a dar igual.
Categorised in Don de fluir
Phoebe está viva en la luz que arrojan las bombillas de mi cuarto, duerme cuando yo duermo y se despierta conmigo. Dicen que está muerta, dicen que se fue. No, ella sigue a mi lado, iluminándome la visión y creando sombras a su antojo por todas partes. Donde hay un destello luminoso, un dejo de brillante melancolía expuesta al amor, ahí está Phoebe, besando a la vida con sus labios vírgenes y una mirada inundada en lágrimas de un sentimiento sublime que nunca llegó a explicarme con claridad.
Porque Phoebe también llora, sobre todo cuando me sonríe desde la claridad; llora con un fulgor que nunca deja de sorprenderme. A veces me resulta increíble la forma en que ella dilucida la existencia, le pone un tono a cada orilla y un contraste a las vidrieras irrespetuosas de los centros comerciales. Pero en otras ocasiones su canción me cansa, me hastía y cedo los corajes a la primavera de sus cosas, aunque ella esté tan cerca que creo sentir a su respiración como el hogar de mis suspiros.
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Ella estaba sola. Sola con sus vicios inexistentes y sus miedos profundos. Sola estaba y sola caminaba por las calles grises de la gran ciudad que es el mundo, con sus seis años en la bolsita de la camisa vieja que usaba por vestido. Siempre iba viendo al suelo; no hay cielo para quienes andan por ahí, tan solos y desolados. A pesar de su abandono, no pedía nada a nadie, nunca extendía la manita sucia para esperar de los extraños un par de centavitos; era una pequeña niña sola, pero orgullosa. No, no llevaba con orgullo su pobreza y su nostalgia -¡qué tristeza que un ángel de seis añitos ya sepa de nostalgias!-, sino su hambre y su cansancio eterno; los llevaba con orgullo, porque a veces uno se aferra a lo único que cree tener.
Creo, no estoy segura, que su nombre era algo así como Valentina, o Alejandra, o Lucero, pues algo de pasión dominada brillaba en sus ojos oscuros. Pero, en fin, ¿qué más da el nombre? Estaba sola, sin alguien que la nombrara con una sonrisa o un hueco en el alma. Iba caminando, sí, siempre caminando como si supiera a dónde ir. Quizá iba buscando a alguien o algo. Tal vez se iba buscando, perdida en su propia soledad.
No hay nada más triste que un niño solo. Bueno, sí: una niña sola.
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Estaba aquel hombre sentado, los cabellos canos; estaba sentado sobre una vieja y descuidada banca de madera. Leía, anteojos entre su rostro y el papel; leía el periódico local del mes pasado. Se detuvo un momento, camisa de cuadros y en la muñeca un reloj dorado; se detuvo y echó a andar un par de pasos, viendo al cielo. Miraba, la vista cansada y las manos temblorosas; me miraba mirarlo y luego escribir a vuelapluma lo que me dictaba la mente.
Alguien se le acercó a aquel hombre, alguien apenas unos años más joven y de semblante enfadado; se le acercó dicho alguien y él, ignorándolo, se decidió a desdoblar el viejo periódico y comenzarlo a leer de nuevo. Se alejó entonces ufano el alguien invasor, las manos en las bolsas del pantalón.
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Un día cualquiera, vi pasar frente a mi ventana a un caballero. No lo dude ni un momento, no permití que otra idea invadiera mi mente: era aquel un caballero; sus ojos, grandes, redondos y serenos, lo gritaban a los cuatro vientos. Era caballero y toda la vida se le notaba en la limpia y fina sonrisa. Ese día cualquiera, lo seguí con la mirada desde mi decadente ventana y sólo existía a su alrededor el pavimento que pisaba, lo demás se disolvía por su mágico efecto de prendar. Caminaba lento y su impertubable caminar era como un vaticinio o una quimera. ¡Raudo se alejó de mi vista, ligero como una hoja seca de otoño!
Me pregunto si algún día, algún remoto día, volveré a ver (aunque sea de lejos) a un caballero.
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Ella no necesita esconder la pupila y relajar los músculos al caer la noche para vivir soñando. A ella, pequeño augurio y gran promesa, le basta ir persiguiendo al sol como lamparita voladora; día con día, perpetua primavera. Es ella a veces un girasol que se tiñe de mil colores, uno para cada ocasión, cada cual con su correspondiente sonrisa.
No revuelvas tus recuerdos, no ocultes tus desganas; ella no va a irse lejos, ella seguirá adornándote la mirada hasta que se consuma la alegría. Pero, déjame decirte una cosa: la alegría no se consume, no se acaba. La alegría sólo se ignora, se desatiende, se olvida, se rechaza; pero no se agota. Ella lo sabe, ella y sus capullos. Ella lo entiende, porque ella lo vive.
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Ese fue mi gran error, estar perfectamente bien mientras te humillaban las frecuentes visitas que me hacían aquellas flores de jardín. Mis errores pasan, pero casi siempre nos destruyen; tus matices se quedan, pero casi siempre con algo de melancolía incrustada. Y no supe bien cómo decírtelo: nada de soledad hay en tu espera, el cielo abierto es el que afecta a tu tristeza insaturada. Soy tu tiempo, tus ojos y tu figura; tú eres mi carnaval, mis rosales y mis años. Juntos iremos perdonando a los silencios que se guardan en la bodega, lentos y tomados de los pies.
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