A Tadeo le gustaba sentir su respiración por las noches, imaginarse mientras tomaba su mano entre la suya que no había en su vida ninguna otra mujer. Pero a ella no la podía engañar con la misma facilidad con que se engañaba a si mismo.
Sus manos jugaban inquietas por debajo de la mesa, mientras lo miraba con deseo y ansiedad. Difícil verse cada día y compartir las noches, sin buscarse uno en el otro, sin que las ensoñaciones consumieran sus desvelos.
Sus ojos decidieron un buen día separarse del resto del cuerpo para comenzar a buscarme por el mundo. Rodando se movieron entre las calles, los gatos y los fantasmas que rondan la ciudad de los recuerdos. Mientras tanto yo yacía oculta entre mis pensamientos, esperando sin saberlo. Ciega. Y los ojos rodaban, rodaban. De tierra y desperdicio se fueron ensuciando, pero nada los detuvo, seguían rodando. Un día, cuando yo escuchaba a mi libro murmurar en las orillas del parque, sus ojos llegaron a mi ceguera y se instalaron sin pedir permiso. Hoy ambos seguimos siendo ciegos, pero ciegos juntos.
El escritor se sienta bajo la sombra de la civilización y en lugar de escribir, llora. Es viejo, está viejo -o al menos así lo dictaminó el certero Doctor Guzmán-, pero no se siente viejo. Cuenta sus años y le duele todavía poder correr, saltar, arrancarse algunas canas, tener todos sus dientes. ¿De qué sirvieron los lustros de ejercicios, de sana alimentación, de amor constante?
“En cualquier momento” había dicho el Doctor Guzmán, cuya especialidad el buen y viejo escritor no acertaba a recordar. En cualquier momento se muere el escritor. En cualquier momento.
No tengo otra cualidad que la de amontonar deseos adornados de mil formas inútiles. Y cada vez es más difícil porque en un principio todo era dejar fluir a las sensaciones, pero ahora estoy sólo apretujada entre mi conciencia y la pared. Cada instinto requiere ser medido con precisión milimétrica, cada idea es pesada o disparada hacia donde quiera la voluntad de Zeus. Es fastidioso lo que antes era todo un gozo, pero da igual, pues aunque a veces lo piense no me voy a rendir, no le voy a dar a nadie ese placer.
Desde aquella noche el débil sonido que emite el interruptor de la luz al ser encendido o apagado me provoca estremencerme. Es que me recuerda a ti, a ti y a mí en aquella ocasión en que la música se hizo corporea y las ausencias que tanto me dolían nos saludaron por la ventana. Las luces se apagan, se encienden, se apagan, se encienden. Nunca pude comprender por qué las puertas se abren cuando uno se encuentra solo con el viento artificial de los recuerdos. Se encienden. Entonces el cuarto se inunda con la luz de cierta presencia suave y cristalina como algún metal que todavía no ha sido inventado. Se apagan. Todo esto me recuerda a ti sólo por la inviolable constumbre de recordarte. Se encienden, se apagan. Las ausencias siguen saludando desde la ventana; creo que se han vuelto un poco molestas desde que te quiero. Se encienden. Se funden.
Un día de estos voy a salir de mi pequeña y reconfortante jaula a buscarte en el jardín que no tengo, entre insectos de seis patas y un césped que se recorta mágicamente una vez por quincena. Quizá ahí, en la verde imaginación que nunca tuve, te encuentre con tus cabellos desordenados y horribles, tus ojos pequeños y viscosos, tu sonrisa ausente. Si, seguramente ahí estarás, jugando a ser más grande que una hormiga para intimidar a una abeja que lleva acosándote más de media hora. Seguramente ahí estarás…
Llegaste desde lejos, con tus auroras y las esperanzas que robaste al cielo. Desde entonces se esconden en el más allá los satélites y estrellas, evitando la acosadora mirada con que te gusta penetrar lo divino. Llegaste, has llegado, para llevarte contigo mis torpes palabras, mis simples visiones.
Buenas muertes, le dices al peatón que va sonriente cruzando la avenida para comprarse un taco. Buenas muertes, deseas al apuesto joven que, aferrado a la mano frágil de su silenciosa compañera, encuentra formas en las nubes de tormenta. Buenas muertes y te vas corriendo hacia lo oscuro, feliz en tu perdida inocencia. Muertes, muertes. Llegaste lleno de muertes y, para mi fortuna, de buenas muertes. Te agradezco el robo y la noticia, pero deberías considerar tus despedidas.
En lo amarillo te escondes. Hay manchas y en las manchas estás tú. Con luz o sombras estás, esperando escuchar no sé qué palabras del viento. A veces te olvidas e incluso te veo, con los ojos de nuez y el cabello de rábanos. (Ya no sé qué es lo que digo, pero te pienso). Quisiera desamarte una y ochocientas cuarenta y dos veces, sólo por el placer masoquista de volver a amarte y perderme de soledad en los colores que disimulas. ¿Quién morirá conmigo al conocerte alucinación y ensueño? Porque, aunque no parezca, suelo sospechar de tu presencia, aún cuando tus ojos me miran o tu boca me toca; hay algo en tu suelo que te hace irreal, ilegible.
En estos momentos y en los que quedan, no puedo dejar de verme demente e irreflexiva. Si en lo amarillo te escondes, tal vez me decida un buen día de estos a pintar de carmín todo lo amarillo presente ante mis ojos. Así quizás dejes de estar en las manchas, en la luz y entre las sombras. Quizás te mueras o me olvides, que viene a dar igual.
Phoebe está viva en la luz que arrojan las bombillas de mi cuarto, duerme cuando yo duermo y se despierta conmigo. Dicen que está muerta, dicen que se fue. No, ella sigue a mi lado, iluminándome la visión y creando sombras a su antojo por todas partes. Donde hay un destello luminoso, un dejo de brillante melancolía expuesta al amor, ahí está Phoebe, besando a la vida con sus labios vírgenes y una mirada inundada en lágrimas de un sentimiento sublime que nunca llegó a explicarme con claridad.
Porque Phoebe también llora, sobre todo cuando me sonríe desde la claridad; llora con un fulgor que nunca deja de sorprenderme. A veces me resulta increíble la forma en que ella dilucida la existencia, le pone un tono a cada orilla y un contraste a las vidrieras irrespetuosas de los centros comerciales. Pero en otras ocasiones su canción me cansa, me hastía y cedo los corajes a la primavera de sus cosas, aunque ella esté tan cerca que creo sentir a su respiración como el hogar de mis suspiros.

